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Breve Historia de Córdoba

El territorio que hoy ocupa el departamento de Córdoba fue habitado por los zenúes, también llamados los Señores del Valle del Sol, una de las culturas precolombinas de mayor importancia en Colombia, que se caracterizaron como maestros de la orfebrería y la cerámica, cuyos productos constituyen verdaderas obras de arte.

La antigua cultura indígena Zenú tuvo un vasto imperio dividido en tres importantes zonas: Finzenú, que comprendía el valle del río Sinú y las áreas de Tolú, San Benito Abad y Ayapel, y era la sede religiosa del Imperio; Panzenú, entre el valle del río San Jorge y la parte baja del río Cauca, que producía los alimentos y las materias primas; y Zenúfana, la sede central de gobierno, que llegaba hasta el centro del actual departamento de Antioquia, y de donde procedían la mayoría de las riquezas auríferas.

Alcanzaron un alto grado de organización social y económica y desarrollaron una inigualable destreza en sus trabajos de orfebrería y cerámica, cuyos productos constituyen verdaderas obras de arte que se pueden apreciar en las sedes del Museo del Oro en Cartagena y Bogotá. De igual modo la civilización Zenú produjo expertos tejedores, cuyo legado se observa en los trabajos de trenzado del sombrero vueltiao, principalmente en los resguardos indígenas de san Andrés de Sotavento.

También son admirables las obras de ingeniería hidráulica dejadas por los Zenués, de las cuales se destacan los canales de irrigación y drenaje en forma de espina de pescado, que ayudaban especialmente a prevenir las inundaciones. De esta actividad quedan vestigios en lo que era el cacicazgo de Panzenú, y que aún despierta el interés de investigadores nacionales y extranjeros.

Los orfebres zenués cultivaron un estilo propio, reconocible por el uso de la falsa filigrana. Adoptaron la técnica de la cera perdida para fabricar los hilos de oro fundidos, combinada con el martillado del metal para crear sus originales piezas, que comprende narigueras, pectorales, alfileres y cabezas de bastón. Es importante el uso de las figuras zoomorfas, que representaban la fauna local: jaguares, babillas, ranas y aves, entre otros.

La leyenda de los sepulcros de los zenúes, que contenían grandes cantidades de oro, dieron origen a la célebre frase de: "Pobrecito del Perú si se descubre el Sinú", relatada por El Inca Garcilazo de la Vega en su historia de la cultura Inca. Algunos historiadores, entre ellos Pilar Moreno de Angel, señalan la variante de "desgraciado del Pirú si se descubre el Sinú", mencionada según algunos por el cronista Pedro Cieza de León.

Esta muletilla era repetida con codicia por las huestes de los hermanos Pedro y Alonso de Heredia, quienes recorrieron en diferentes oportunidades el Imperio Zenú para saquear las sepulturas indígenas. Junto a ellos, también deben mencionarse los nombres de Pedro Arias Dávila, el popular Pedrarias, quien inició la profanación de las tumbas en este territorio; de Francisco Pizarro, antes de viajar al Perú; y del bachiller Martín Fernández Enciso quien llegó a tierras sinuanas en auxilio de este último.

Se hablaba, en general, del Templo de Dabeiba, bautizado por los españoles como "El Templo de Oro", y del cementerio de los grandes caciques zenúes, en la zona religiosa de Finzenú. Los conquistadores recogieron la información sobre las costumbres ceremoniales de los zenués de enterrar a sus muertos en fosas, conocidas como guacas o pirués, acompañados de sus armas, adornos, joyas y vasijas de barro cocido.

Pero la obtención del oro de los zenués no fue de beneficio para sus autores. La mayoría murieron en las largas travesías, otros lo perdieron en juergas y en las mesas de juego, y hasta don Pedro de Heredia, quien lo creyera, tuvo que entregar su parte "del rico botín del Sinú" al almirante de la flota francesa Roberto Baal, en su saqueo a Cartagena en 1544.

Después de la fiebre del oro de los primeros visitantes de la Corona Española, cabe destacar la presencia del oficial Don Antonio de la Torre y Miranda, quien por disposición del gobernador de Cartagena, Juan de Torrezar Díaz Pimienta, inició en 1774 la fundación y refundación de las poblaciones situadas en la zona de influencia de los ríos Sinú y San Jorge. En sus expediciones, Antonio de la Torre y Miranda fomentó la cría de animales vacunos y domésticos, enseñó como preparar sementeras y cultivar algodón y maíz en forma técnica.

En 1775, en la segunda expedición, fueron fundados Chinú y Sahagún. En 1776, en la cuarta expedición, Momil, Lorica, San Bernardo del Viento, Ciénaga de Oro, San Antero y Chimá. En 1777, en la quinta expedición, Montería, San Carlos, San Pelayo y Purísima.

Sobre la historia de estas fundaciones, Pilar Moreno de Angel, en su libro Antonio de la Torre y Miranda Viajero y Poblador, revela una historia poco conocida, que es la presencia de indígenas sinuanos en Cartagena para solicitar la fundación de la ciudad de Montería. Se refiere la escritora a las solicitudes envíadas por los caciques Ventura Molledo en 1759 y Sebastián Alequenete en 1772, a los entonces gobernadores de Cartagena, mariscal de campo don Diego Tabares y don Juan de Torrezar Díaz Pimienta, respectivamente. Para la primera petición viajaron cinco indios, quienes permanecieron hasta 1761, y para la segunda se enviaron dos indios correos, portadores del documento.

Desde la llegada de los conquistadores hispanos, comenzó a darse el mestizaje de españoles, africanos e indígenas, conformando el típico hombre cordobés. Aún se conservan grupos puros de negros e indios, los primeros en Uré y la region costera, especialmente Puerto Escondido y Moñitos, y los segundos en el Alto Sinú -los Embera Katíos- y en el Resguardo de San Andrés de Sotavento -los descendientes de los zenúes.

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